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Alfonso XIII
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ALFONSO XIII EN RICLA

    Ricla en los primeros años del siglo XX era un pueblo alegre, tranquilo, sin grandes sobresaltos que perturbara la generalmente pacífica convivencia de sus vecinos.

    El año 1.904 empezó como habían empezado y habían terminado casi todos los años anteriores:  Que fulanito había tenido unas fiebres que le dejaron hecho migas, que menganita tuvo gemelos, que D. Antonio, el médico, además de su natural preocupación por la salud del vecindario, está ahora muy interesado en los movimientos de población en Ricla y por otras cosas, que D. Nicolás ha sido elegido alcalde, cargo que ya había ejercido en otras épocas.  En fin, lo de siempre.

    Sin embargo, en este año de 1904 dos acontecimientos vinieron a alterar esta monotonía.

    En primer lugar, el fallecimiento  -en su palacio de Ricla el 15 de febrero-  de la condesa de Guerrero, doña Clara Castellano y Villarroya.   Una rápida y aguda enfermedad la arrebató al cariño de su familia y a la devoción de un pueblo que tantos beneficios había recibido de la persona que supo dar a su nombre la grandeza  de un alma generosa y noble. Fue un día de luto para todo el pueblo.

    El otro evento, vino a conmocionar no sólo a la población de Ricla sino a todos los pueblos de la zona:  La venida a Ricla del rey D. Alfonso XIII para asistir a las maniobras militares que se desarrollaron los primeros días de Octubre.

     Los acontecimientos se desarrollaron así:

Día 24 septiembre – Sábado.

Llega a Ricla el general Franch, director de las maniobras que se celebrarán en la zona dentro de unos días.

Viene acompañado del jefe de Estado Mayor y de su ayudante.

Han pasado la mayor parte del día revisando lo necesario para el cuartel real, cuartel general y acondicionamiento de las fuerzas agregadas.

Se hospedan en la hermosa vivienda de D Pedro José Vera Escuer.

Durante la noche, la banda de música del pueblo que dirige D. José Miñana  ha dado serenata al Sr. Franch,  terminando con la jota, cantándose coplas dedicadas al director de las maniobras.

Por la mañana, en el tren correo,  saldrá el Sr. Franch  para revisar las tropas que se encuentran en Lérida,  para después regresar a Calatayud y dirigir el paso del cuerpo del ejército del Norte por el puerto de El Frasno, hasta llegar a los llanos de Alfamén donde se efectuará el encuentro de los dos ejércitos.

 

Día 30 Septiembre – Viernes.

Ha llegado a Ricla la patrulla de lanceros encargados de cubrir el flanco derecho de la columna principal.

También ha llegado el escuadrón de la escolta real.

 

Día 1 Octubre – Sábado.

Esta noche en el expreso de Madrid sale de Zaragoza para Ricla, D. Amado Laguna de Rins, exalcalde de Zaragoza, para ofrecer sus respetos al Rey Alfonso XIII.

Esta mañana ha llegado a Ricla, el Excmo. Sr. Arzobispo de Zaragoza, D.  Juan Soldevilla, acompañado  de los señores Conde de Castellano y  D. José Luis Castellano.

Se hospeda en el espléndido palacio del conde de Castellano.  Allí han acudido para ofrecerle sus respetos las autoridades y clero,  así como otras personas de la localidad.

Este mismo palacio fue ofrecido al Rey para su alojamiento  pero Alfonso XIII ha preferido alojarse en el tren real ya que mientras asiste a las maniobras quiere hacer vida de campaña.

 

Día 2 Octubre – Domingo.

El aspecto que presenta el pueblo es magnífico. Los alrededores de la estación de ferrocarril y las calles se hallan ocupadas por una inmensa muchedumbre que se ha congregado de los pueblos vecinos.

Las calles principales están engalanadas con banderas y motivos florales.

Un arco de triunfo con alegorías y gallardetes adorna la salida de la estación.

A las seis de la mañana ha llegado el tren real. Daban la guardia de honor una compañía del regimiento del Infante con bandera y música.

El monarca no descendió del vagón hasta las ocho, en que recibió el saludo del Sr. Arzobispo, autoridades y comisiones.

El alcalde de Ricla, D. Nicolás García Romeo, dirigió al Rey un sentido mensaje de bienvenida.

A las ocho y media, D. Alfonso acompañado del Príncipe de Asturias y demás séquito entró en el pueblo. Su entrada fue un paseo triunfal. Se dirigieron a pie a la iglesia parroquial.  En el presbiterio se había colocado dosel con reclinatorio y un sillón para el

Príncipe, situándose enfrente el Sr. Arzobispo,  en sillón con reclinatorio.

Daban guardia de honor en el altar, un piquete de alabarderos y en la puerta, fuerzas del regimiento del Infante.

Su Majestad adoró en el atrio el lignun crucis presentado por el Sr. Arzobispo, quien le ofreció el agua bendita, y penetró en la iglesia bajo palio que llevaban concejales y los señores Castellano y Espés.

Celebró la Misa el Sr. Arzobispo ayudado por el cura párroco, D. Domingo García  y

curas beneficiados del pueblo. El órgano entonó varias melodías.

Al alzar, era hermoso espectáculo ver al Rey arrodillado, inclinada la cabeza, rodeado de su acompañamiento, en tanto rendían sus armas las fuerzas, y la banda tocaba la marcha real.

Terminada la misa que oyeron numerosos fieles, pues se hallaba la iglesia completamente llena, el Rey recorrió a pie varias calles del pueblo. Subió al monte llamado de las Cuevas y desde el barrio de Buenavista, mirando el mapa  de las maniobras  se enteró de los puestos que ocupaban las tropas en los llanos de Alfamén, viendo incluso el movimiento de alguna fuerza al ver la polvareda producida por la misma.

Durante el recorrido fue vitoreado por la multitud, que llenaba las calles.

A las diez regresó al tren.

El almuerzo se realizó en la estación bajo la sombra de las acacias. La banda del regimiento del Infante amenizó el acto.

En la mesa, a los lados del Rey y del Príncipe, los generales Linares, Pacheco, Biscarán y Franch.  En otras mesas se colocaron los demás generales, el jefe del cuartel real y el marqués de Viana.

Por la tarde, hacia las dos, marcharon el Rey, el príncipe de Asturias y sus ayudantes a recorrer el campo de maniobras. A las siete regresaron a Ricla.

Mientras cenaba el Rey en el comedor del tren, la rondalla del pueblo dio en su honor una serenata. El monarca y su acompañamiento aplaudieron mucho a los ejecutantes y a los cantadores y bailadores de jota.

El público que llenaba la estación no dejó de aclamar al monarca, el cual a las diez se retiró a descansar.

  

Día 3 Octubre – Lunes.

A las 8`45 el Rey salió al campo de maniobras.  En las inmediaciones de La Almunia se hallaba la artillería del Bando Sur y a unos 6 kilómetros, la caballería.

En otra altura,  a 3 kilómetros escasos de distancia del Bando Sur, estaba el Bando Norte. 

Al advertirse mutuamente rompió el fuego la artillería de ambos bandos.

El Rey cambió impresiones con el ministro de la guerra.

Después de observar los simulacros de carga de ambos bandos, el encuentro de los Dragones de Numancia contra los lanceros del Príncipe y otros, se dieron por terminadas las maniobras, presentándose el general Franch al Rey para pedirle hora para la revista militar y el desfile.

Después de una hora, que dedicaron a almorzar, el rey pasó revista a las tropas.

Al regresar del campo de maniobras, la comitiva se detuvo en La Almunia donde tuvo entusiasta acogida.

A las tres y media de la tarde regresaron a Ricla.

Después de un pequeño descanso, el Rey paseó por la vía, recorriendo la huerta, llegando al puente sobre el río Jalón llamado El Juncal y al túnel conocido como La Mineta. Iba acompañado por el Coronel Milans del Bosch. Regresaron anochecido y lloviznando.

A las ocho de la noche el Rey invitó a la cena a los generales que habían tomado parte en las maniobras. La banda de música del Príncipe amenizó la velada.

 

Día 4 Octubre – Martes.

 El Rey presenció por la mañana el embarque de caballos, entrando en los vagones y enterándose de las condiciones en que se hace la conducción del ganado.

D. Alfonso dio después un paseo por la vía.

El rey hizo un donativo de 1.000 pesetas para los pobres de Ricla.

El tren real marchó a las 9`40 para Teruel, siendo vitoreado por el gentío que llenaba la estación y sus alrededores.

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La normalidad reinaba de nuevo en el pueblo.

Los forasteros poco a poco se habían marchado. Las fuerzas militares regresaron a sus cuarteles. Las calles, los edificios, la estación de ferrocarril eran desmanteladas de sus eventuales adornos, dejando en el ambiente cierto aire de silencio y tristeza.

La tranquilidad volvía de nuevo.

D. Antonio, el médico, a  sus enfermos.

D Nicolás, a sus preocupaciones municipales.

Los habitantes...

En fin, lo de siempre.

JM. Larripa          

          

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Última modificación:25/11/2008