Hablaban unos vecinos de Ricla una tarde acerca de las vacunas; que si esto, que
si lo otro... hasta que uno de ellos saltó con que maldita la confianza que tenía él en las vacunas. -Pero, amos a ver... eso de las vacunas, ¿pa qué vale? -decía-. Mi chico de ocho años se murió el año pasau, y no hacía ni dos días que lo habían
vacunau -el hombre fue bajando poco a poco la voz y la cabeza, mientras continuó diciendo-: Y mira que era espabilau, vosotros lo conocisteis... ¡qué
lástima de criatura!
El hombre se quedó callado, y uno de los convecinos le preguntó: -¿Tan fuerte le atacaron las viruelas?
-¡Quiá...! -contestó, levantándose, el que no confiaba en las vacunas-. El gamberro del zagal se subió a un árbol a coger un nido, se le partió la rama
ande estaba, se cayó y se mató... ¡Rediós! Fíese usté de las vacunas...
Un miembro de la clase pudiente de nuestro pueblo en cierta ocasión con el fin de halagar a un señor mayor que iba montado en un burro, le dijo:
- Sr. "X" que buen jinete es usted.
A lo que éste ofendido le respondió:
- El jinete lo será usted y toda su rejodida familia, que nosotros somos mú honraus.
Los jefes de estación de ferrocarril en épocas pasadas cantaban el tiempo que paraban los trenes de viajeros, y el de Ricla decía así:
- Ricla - La Almunia cinco minutos.
A lo que la gente respondía:
- Y no parar más porque son muy brutos.
A principios de siglo, un maestro dando clases de religión decía a sus alumnos:
- Dios está en todas partes, en el aire y no se ve, entre nosotros y no lo podemos tocar, en el agua y no se moja...
A lo que uno de sus alumnos le respondió:
- Pues sería topo.
El primer anuncio publicitario de Ricla lo voceaba aquel señor que vendía ajos por los pueblos de la comarca y decía:
- Ajicos de Ricla, que por la punta pican y si no pican, de balde.