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Alrededor del año 1.120, la villa de Ricla se hallaba dividida en dos zonas, estando ocupada la parte alta de la villa por los moros y la baja por los cristianos. Entre ambas existía un muro divisorio con dos arcos o puertas que las comunicaban de día, permitiendo la convivencia entre ellos e incomunicándolas por la noche.
Estos hechos hacen suponer que la cruz era el distintivo de la zona cristiana. En fechas mucho más recientes, esta cruz adquirió otro significado diferente, como rito funerario. Al fallecer un miembro de la comunidad, una vez celebrada la misa, la población acompañaba al féretro hasta la cruz, lugar donde se rezaban las últimas oraciones y se despedía al difunto para ser enterrado.
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