|
|
|
|
TOMAS GARCÍA Fue una figura cosmopolita en el mundo alegre, de la cual apenas si se conserva borrosa silueta. Nació y vivió su infancia en Ricla. Salió muy joven en busca de fortuna y dio con ella en las mesas de juego. Ganó unos miles de duros, y halagado por el éxito, se entregó a la fiebre de los naipes. A partir de entonces fue ya famoso en los grandes círculos del juego en Europa. Llegó a ser el rey de la banca, recorriendo a impulsos de la suerte, los salones de juego mas en moda. En un día, copó tres veces la banca de Montecarlo. La crónica galante llenó con anécdotas de García las columnas de algunos diarios franceses de la época. Príncipes, banqueros, nobles y millonarios recurrieron a él en momentos de apuros para sus bolsillos. La vida de azar, el roce con los adinerados cosmopolitas le había dado hábitos de gran señor y perseguía la fortuna con tanto empeño como había gozado de sus favores. Llegó a reunir un capital de 16 millones de francos (de los de aquella época) en títulos de la Deuda del estado francés. En algunos momentos, llegó a tener la fortuna mayor del mundo en dinero efectivo, según dijo algún periódico contemporáneo. Gastaba despreciando el dinero de la misma manera que después lo recogía sobre el tapete verde. Cierto día, reunió en un hotel de París a todas las ‘cocottes’ mas en boga, obsequiándolas con un banquete, que fue el tema de conversación durante unos días en la capital francesa. En otra ocasión, alquiló todos los coches de París. Era un día de lluvia y la sociedad parisina elegante, tuvo que mojarse los botines si quiso asistir a la ópera. A punto estuvo de promover un conflicto público. Algo similar hizo en un teatro. Compró todas las localidades de una noche, celebrándose la representación para él sólo. Estos y otros hechos, reales unos, y producto de la fantasía popular otros, hicieron famoso en el mundo galante del siglo XIX, a Tomás García. Proclamaba constantemente que había nacido en Ricla, lo que hizo que el nombre de su pueblo fuera conocido en las grandes capitales de Europa. Encumbrado unas veces, a pique otras, el azar le hizo juguete de sus caprichos y tan pronto se le veía en Niza como en Ricla, en los bulevares de París, o en los veladores de cualquier ciudad de Europa, lo mismo rico que mísero, siempre a la ventura. En los últimos años de su vida y antes de marchar definitivamente a Ricla, se encontraba en Zaragoza, donde se le veía dar sus paseos por el Coso, descubierta la cabeza, la flor en el ojal, la chistera en la mano y hundida en el pecho su larga barba rojiza (‘barbas de chivo’ le llamaban en algunos círculos). Otras veces acudía al café Europa, donde relataba a estudiantes y jóvenes sus fastuosas aventuras de los tiempos prósperos dando ya muestras del extravío de su mente. Después, se refugió en Ricla, al calor de su familia, donde murió pobre y cerca de los ochenta años. Corría el mes de mayo de 1.903. J. M. Larripa Mosteo |
|
|