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La Tía Miguela
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    Hoy en día que está tan de moda recuperar las viejas tradiciones y darse un paseo por lo antiguo, me gustaría recordar a una persona cuyo nacimiento está próximo a cumplir los 100 años.

    Esta mujer se llamaba Miguela Val Artigas ( La Tía Miguela para todos), y durante 97 años que estuvo entre nosotros se hizo querrer por los habitantes del pueblo, sobre todo por su entrega hacia los demás y su generosidad. Pero si algo era popular, y la gente la requería, era por su forma de preparar mondongos.

    No es que la Tía Miguela fuera la mejor mondonguera del pueblo, sino que, en unos tiempos en los que no había mucho con qué entretenerse, sabía convertir el trabajo en diversión, y hacer de la dura tarea de matar el cerdo, un día de fiesta y celebración por todo lo alto.

    Y para que así resultara, nos relataba entre otras cosas, esa historia que muchos aprendimos y que a otros les gustaría recordar. Dice así:

Atencíon les pido a ustedes;
que les voy a relatar
lo que me contó un tocino
que volvió a resucitar.

Esta historia es muy curiosa;
y también muy verdadera,
no puede uno fiarse
ni de la camisa que lleva.

La puercaza de mi madre
tuvo el gusto de parirme
en casa de unos pelaires
que me vendieron a mí.

Aun no tenía dos meses
y a la plaza me sacaron,
y por fortuna caí
en casa de un hortelano.

Una mañana muy fresca
un franchute capador
con la lanceta en la mano
los dos pesos me sacó.

Mis pesos se los comieron
los hijos para almorzar,
y a mí me daban patatas
menudas y sin pelar.

Al llegar la primavera
mi amo preparó un montón
de bellotas y panizo
pa que me engordara yo.

Ya terminé las bellotas
y el panizo principié,
como es cosa de alimento
señores,yo me engordé.

Cuando llegó San Andrés
me vino la desventura,
ya empezaron a tratar
de hacerme la sepultura.

Una mañana de inverno
golpes dieron a la puerta,
luego bajaron a abrir,
era que había llegado
aquel pillo matachín.

En un capazo llevaba:
Un gancho fenomenal,
una estral, varios cuchillos,
y los  cazos de pelar.

Con aquel temible gancho
el hocico me enganchó
entre todos me amarraron
encima del paredón.

Aunque perdón les pedía
para mí no hubo perdón,
de los esfuerzos que hacía
me ensucié en el vación.

Me clavaron el cuchillo,
mi sangre la recogió
una mujer mondonguera,
con los brazos remangados
en una gran cazuela.

Agua caliente pedía,
aquel pillo matachín,
en calderos la traían
y la echaban hacia mi.

 

Cuando ya estuve pelado
me colgaron de una camal,
me rajaron de arriba a bajo
y me abrieron en canal

Me despedazaron a cuartos,
los jamones los salaron,
los chorizos y morcillas,
por el techo los colgaron.

Aquel día fue una  boda
para toda la familia,
que todo el día estuvieron
con la sarten prevenida.

REQUIENCANTINPANCIS
AMEN

Magdalena Peyrona

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Última modificación:22/07/2007