
De nuevo la ciudad en manos españolas, en 1.763 se iniciaron
las obras del castillo de San Carlos de la Cabaña, que toma parte del su nombre
en honor del rey Carlos III, en la loma que hay frente a la avenida Carlos
Manuel de Céspedes, entra la Punta y la Real Fuerza. Es la de mayor tamaño de
las construidas por los españoles en América, con una superficie de 10
hectáreas. Su elevado coste (14 millones de pesos) hizo que el Rey exclamara
que, por lo invertido en ella, sería de tal tamaño que podría verse con
prismáticos desde Madrid. Se culminó la obra en 1.774.
Jornada tras jornada, a las nueve de
la noche la guarnición de la fortaleza hacia fuego con una de sus piezas, en señal
para los habaneros de que ya era hora de recogerse al abrigo de los gruesos
muros y evitar el tránsito por los bosques de espesa vegetación que existían
en los alrededores de la urbe.
El propio desarrollo de la ciudad fue eliminando a las murallas, de las cuales sólo quedan apenas vestigios en la actualidad, sin embargo, fue incapaz de acabar con la tradición que los habaneros llaman con orgullo "el cañonazo de las nueve", utilizada por muchos para poner en hora sus relojes.
En nuestros días, una guardia de hombres -vestidos con uniformes de la época- se dirige con paso marcial hacia la pieza designada para el disparo, seguidos de cerca por la mirada de visitantes nacionales y extranjeros, que acuden cada noche al ahora parque histórico-militar Morro-Cabaña a presenciar una de las tradiciones más conocidas de La Habana.
Los mismos cañones de siglos atrás se ocupan de mantener viva la costumbre, esperada por todos en un entorno donde la modernidad convive con el recuerdo de las construcciones coloniales, bajo la mirada atenta y callada del guardián de la ciudad.
Información facilitada por Mi guía de Cuba