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Era un frío día 8 de enero, allá por el año de 1.943, cuando en casa de mis abuelos se encontraba toda la familia, y algunos allegados, ocupados en las tareas del “mondongo”, ya que por la mañana se había efectuado la matanza porcina. Próxima la hora de la cena, mi madre dijo sentir ciertos dolores de barriga y algunos pensaron que se debía a haberse hartado de bolos. Pero sí, sí……el que estaba harto era yo, de estar nadando en la oscuridad y, como Moisés, estirando la mano para que las aguas se rompieran y poder llegar a la Tierra Prometida. Así fue como, en la madrugada del día siguiente, vi la luz de Ricla por vez primera, ¡vaya cambio! Se esperaba que en la Tierra Prometida manara leche y miel. La leche no me faltó y la miel….bueno, podía disfrutar de las mieles del triunfo ya que todos decían: ¡que chico mas majico!...¡que rico!...¡que hermoso!...¡se parece a su padre!...¡Se parece a su abuelo!...¡se parece a…! y yo tan contento de ser tan encantador y con la merecida honra de parecerme a todos los míos. Pasado el tiempo comprendí que eso se le dice a todo recién nacido, así sea mas feo que un mono y no se parezca ni a la madre que lo parió, pero ja ja… ¡que me quiten lo bailao! Al poco tiempo, por razones de familia, se me llevaron a la céltica Galicia y, aunque visitaba alguna que otra temporada a mis raíces, lo que me permitió ir al colegio con Sor María Gloria, en otra ocasión a la escuela de don Buenaventura (al que entonces llamábamos don Ventura) y también hice mi Primera Comunión en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, volví a Ricla, definitivamente, cuando tenía 11 años y, según se decía entonces, con “uso de razón”. Yo no recuerdo si tenía o no razón, pero sí recuerdo que no siempre se me permitía usarla ya que no era como ahora en que todos creemos tenerla y el derecho a usarla, aunque no se tenga. Era ésa, en verdad, una época muy bonita en la que el célebre “campanico” llamaba a la misa diaria, (las campanas solamente repicaban para misa mayor). El tiempo todavía no se había vuelto loco y teníamos cuatro estaciones: inviernos en los que caía alguna que otra nevada, de las que los críos disfrutábamos tirándonos bolazos y, a veces, refrescándonos el trasero a consecuencia de los “esfarizones” y luego las madres nos lo calentaban con cuatro zurras. También aparecían alguna riada espectacular (que no hacía ninguna gracia) y días en los que era mejor no asomar el morro al cierzo. Las primaveras ya eran otra cosa. Las cigüeñas las anunciaban con sus nidos en la torre o en la chimenea de la alcoholera, los campos se llenaban de flores, de las que algunas se convertirían en sabrosas “verdedoncellas”, las mujeres, con lo bueno del día, se sentaban en corrillos en alguna puerta para zurcir calcetines y “rajar” de las noticias del pueblo mientras los pequeños jugábamos en la calle porque entonces todavía no había juegos digitalizados. Conforme avanzaban mis primaveras, me fui dando cuenta de que también florecían otras doncellas, no verdes precisamente, que maduraban con unos colorcicos que estaban “para comérselas”. En verano, curiosamente, las campanas tocaban a nublo al mediodía mientras una cálida brisa arrastraba un aroma, que era suma de muchos aromas, de trilla, de fruta, de caballos…...de todo que, en conjunto, formaban el olor de Ricla. El sol calentaba de firme, por la tarde, apetecía la siesta y, tras la cena, los mayores a la fresca, los críos a jugar y los mozalbetes al retortero de las doncellas antes mencionadas. Hasta que llegó la televisión. Casi terminaba el verano y llegaban las fiestas de septiembre. Y ¡que fiestas! Vaquillas, cucañas, carreras de entalegados, de cintas, de burros con la albarda al revés, caballetes para los pequeños y, cuando ya pensábamos que no éramos tan niños, esperando la edad de ir al baile. ¡Que hombrecitos nos sentíamos el día que nos permitieron entrar a la pista! Allí, entre bailes, calabazas, el ambigú con el porrón que hacía la ronda entre los amigos, si los posibles crecían, el porrón se convertía en cubalibres, o sea, eso que ahora llaman cubatas, (quizás porque Cuba no sea tan libre). Disfrutábamos en grande. Después del baile, “la pandilla”, con nuestras guitarras, laúdes y bandurrias, nos íbamos a rondar a las mozas. En muchas casas nos recibían muy bien y nos invitaban a vino, tortas e incluso a jamón, pero tampoco faltaba algún padre “desustanciau” que nos gritaba: ¡a abrevar a la acequia!, pero no acostumbrábamos a abrevar, porque nunca nos creímos burros, y echábamos un traguico de nuestro imaginario botijo que estaba rebosante de humor y seguíamos adelante. Todo resultaba muy, pero que muy divertido. Luego venía el otoño. Lo empezábamos visitando la feria de La Almunia, pero esas fiestas no eran las nuestras y surgía la melancolía. El verde ya no era tan verde, el sol duraba menos, las hojas de los árboles caían, los ánimos también pero pronto se levantaban con la esperanza de la Navidad y el año Nuevo. ¿Decía que había cuatro estaciones? Pues, no; eran cinco, porque también estaba la del ferrocarril. No olvido las salidas al tren de las siete, o al de las mueve y media, que no eran para esperar a alguien ni para alcahuetear a los que se iban o venían sino que a la luz del andén o en la oscuridad del muelle, se creaba un maravilloso ambiente de juventud. Da pena pensar que, ya sea por culpa de la capa de ozono o por la alta velocidad, las cinco estaciones están de capa caída. Llegó la hora del alistamiento y, tras las rondas de los “quintos”, la talla, el sorteo y todas esas cosas, ¡a cumplir con la Patria! Entre esto y un traslado temporal en mi trabajo, hubo un período de dos años en los que únicamente acudía a mi pueblo los fines de semana. Después de la “mili”, la situación es distinta. La televisión cambia muchos hábitos, los amigos se van emparejando, se piensa que hay que ocuparse mas del trabajo, del futuro, de hacerse una familia….en fin, que había nuevas responsabilidades, parece que la vida tenía que seguir una ordenada rutina, pero lo cierto es que Ricla seguía siendo la misma, sus gentes seguían siendo las mismas, los amigos seguían siendo amigos y yo estaba muy a gusto con mi pueblo, con su gente, que era mi gente, y con mis amigos. Me acuerdo mucho de todo ello y de momentos y anécdotas que viví en aquel tiempo. Como un día que estaba yo en el Casino jugando una partida de mus y se presentó el tío Quirico (nombre supuesto, por supuesto, ya que no quiero líos con los derechos de imagen) con un paquetico muy bien hecho y se dirigió al veterinario, que jugaba al guiñote en la mesa de al lado, y le dijo: ---Buenas tardes, Don Tal, aquí le traigo este paquetico por lo bien que se ha portau usted ayer tarde. ---No tenía que molestarse, le respondió, porque es mi obligación y lo hice muy complacido. ---No es ninguna molestia, es lo que usted se merece y lo hago con mucho gusto, contestó el Tío Quirico y se marchó. La tarde anterior, al buen hombre se le había puesto malo el cochino. Llamó al veterinario el cual, tras reconocer al animal, le puso una inyección y dijo: no es preocupante, con lo que le he puesto mañana estará nuevo. Efectivamente, al día siguiente el cochino amaneció difunto. Cuando el hombre ya se había ido, el veterinario abrió el paquete y allí estaban las dos orejas, el rabo y un papelico en el que rezaba: ahí tiene los trofeos que se merece la faena que sa cascau. ¿No es verdad que los de mi pueblo somos agradecidos? Ja, ja, ja. Otra tarde, caminaba yo hacia la estación y, a la altura del puente, me encontré al Rafaelico (también nombre supuesto, por supuesto), traía la cara con más moraduras que una procesión de nazarenos en Semana Santa, y le pregunté: ---Pero hombre, ¿qué te ha pasau? ---Pues nada, me dijo, que ayer tuve que ir a un recau a La Almunia y, antes de volver, me metí en un bar que me venía al paso y pedí un vaso de vino. El hombre de la barra me puso un vasico tan chiquitico que no podía ni cogerlo y le dije que esos vasos eran para los de La Almunia, que los de Ricla somos mas hombres y los tomamos palmeros. Total, que había allí unos cuantos almunieros, que se ve que no saben beber, se vinieron pa mí y me llovieron palos por todos laus. ---Vaya hombre, le dije, ¿y no te has vengau?. --- ¡Coño!, me respondió indignado, pues claro que mi vengau, si no me vengo me despedazan. --- ¡Bien hecho!, le repliqué. Y se marchó tan satisfecho cuando una amplia sonrisa se habría paso entre sus moraduras y yo continuaba mi camino. No digo nada sobre la torre o el puente, sobre la calle de la Hombría o el monte de Santa Ana, sobre el castillo o el palo del moro, sobre tantos otros rincones que evocarían recuerdos y emociones y, éstas serían mucho para un solo día. Cuando mi luz se apagó tuve que abandonar mi pueblo. Vivir entre tanta hermosura y no poder contemplarla era demasiado triste y, además, Ricla se merece ser vista y admirada. En mi particular diáspora, recalé en Andalucía. Todo para mí era nuevo, desde mi mundo en la sombra hasta esa hermosa región que yo desconocía. En esas circunstancias se puede decir que tenía que aprender, de nuevo, a vivir. Fui acogido con los brazos abiertos, me dispensaron su alegría, afecto y cariño, cosas que se ven plenamente correspondidos por mi parte. No por el hecho de que de bien nacidos es ser agradecidos sino por que con su actitud hacia mí, se han ganado mis mejores sentimientos. Después de llevar en esta tierra más de treinta años, estoy muy contento, soy feliz y tengo la plena seguridad de no haberme equivocado en la elección. Mis cuatro hijos son andaluces y eso también ata. Alguien dijo que un hombre es de aquel lugar donde nacen sus hijos. Quizás deba de ser así y tendría que sentirme andaluz por los cuatro costados, pero yo, la verdad, pregono, y me siento muy orgulloso, mi condición de Aragonés y Riclano (con mayúsculas). Cuando, con amigos, compañeros o en una fiesta nos juntamos un grupo de gente y salen a relucir las sevillanas, los fandangos y alguno se arranca, incluso, por flamenco, yo también canto mi jotica y, aunque ni mi voz ni mi arte son de jotero, los sentimientos profundos no se pueden esconder. Me piden que cante otra jota, me alegra que les guste, mis ojos se humedecen, cuatro lágrimas rebeldes corren por mis mejillas, me digo: ¿de Ricla y lloras?... No, no son lágrimas de dolor ni de amargura, son lágrimas de emoción y esas lágrimas son hermosas. Yo me las imagino como perlas que adornan la añoranza de un amor de juventud que, por ser verdadero, nunca se marchita. Ese es mi amor por Ricla. Ricla, con su luz y su color, cuya imagen sigue brillando, con todo su esplendor, en el fondo de mis ojos oscuros. Para terminar estas líneas, quiero dedicar a las hermosas “doncellas en primavera” de mi pueblo unos, quizás malos, versos con un buen consejo que espero les sirva. PRIMAVERA. Cuando las flores fragancia desparraman Y sobre el verde salpican mil colores. Cuando sus trinos regalan los ruiseñores Y las cigüeñas en las torres se encaraman. Cuando al amanecer el sol, en sus albores, Hace sentir que la sangre se te altera; Señal es de que llegó tu primavera Y es época propicia para amores. Ten despiertos los sentidos, por si llega, Y cogerlo cuando pasa por tu lado. El amor es un don que nunca espera Y se marcha si se siente despreciado. Si lo dejas escapar solo te queda Recordar, con amargura, tu pasado.
Oscar J. González Romeo. |
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